Hay un hábito, placer cotidiano, en el que se asienta el equilibrio de la realidad: las conversaciones del día. Así, las que se sostienen con los amigos cultos en el bar dan materia para el exámen, hasta el último repliegue del insomnio, de las líneas, los gestos y las derivas del diálogo. De repente un Rolex en la muñeca de un pastor de cabras, en una película en las montañas desiertas de Ucrania, instala un malentendido y con él la alarma, una sensación de extrañeza teñida de cierta decepción.